La conversión tumbativa – Los casos de Paul Claudel, André Frossard, Manuel García Morente, Narciso Yepes, María Vallejo-Nágera y María Martínez Gómez

Siempre he tenido la gracia de la fe, quizá sea por ello por lo que me fascinan las conversiones tumbativas; esas en las que el “no seas incrédulo sino creyente” -Jn 20, 26- se produce de una manera inmediata por una acción de Dios que transforma las creencias de una forma radical. Así le pasó a Santo Tomás al hablarle Cristo tras la resurrección o, como todos conocemos, a San Pablo camino de Damasco: “Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues? El respondió: ¿Quién eres, Señor? Y él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues” (Hch 9, 3-5).

Son conocidos los casos de conversión tumbativa de Paul Claudel (1868-1955), poeta y diplomático; André Frossard (1915-1995), escritor y periodista; Manuel García Morente (1886-1942), filósofo; o Narciso Yepes (1927-1997), músico.

A Paul Claudel, Dios le salió al encuentro en Navidad . Él lo cuenta en Claudel visto por sí mismo: «Así era el desgraciado muchacho que, el 25 de diciembre de 1886, fue a Notre-Dame de Paris para asistir a los oficios de Navidad. Entonces empezaba a escribir y me parecía que en las ceremonias católicas, consideradas con un diletantismo superior, encontraría un estimulante apropiado y la materia para algunos ejercicios decadentes… asistía, con un placer mediocre, a la Misa mayor… Los niños del coro vestidos de blanco y los alumnos del pequeño seminario de Saint-Nicholas-du-Cardonet que les acompañaban, estaban cantando lo que después supe que era el Magníficat… Entonces fue cuando se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado y creí. Creí con tal fuerza de adhesión, con tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certidumbre que no dejaba lugar a ninguna clase de duda, que después, todos los libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida, no han podido sacudir mi fe, ni, a decir verdad, tocarla. De repente tuve el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios, de una verdadera revelación inefable… ¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama! ¡Me llama!».

André Frossard nació en Francia en 1915. Como su padre, Ludovic-Oscar Frossard, diputado y ministro durante la III República y primer secretario general del Partido Comunista Francés, fue educado en un ateísmo total. Encontró la fe a los veinte años en 1935, en una capilla del Barrio Latino, en la que entró ateo y salió cinco minutos más tarde “católico, apostólico y romano”: “Sobrenaturalmente, sé la verdad sobre la más disputada de las causas y el más antiguo de los procesos: Dios existe. Yo me lo encontré… Fue un momento de estupor que dura todavía. Nunca me he acostumbrado a la existencia de Dios. Habiendo entrado, a las cinco y diez de la tarde, en una capilla del Barrio Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra. Mi mirada… ignoro por qué, se fija en el segundo cirio que arde a la izquierda de la cruz. No el primero, ni el tercero, el segundo. Entonces se desencadena, bruscamente, la serie de prodigios cuya inexorable violencia va a desmantelar en un instante el ser absurdo que soy y va a traer al mundo, deslumbrado, el niño que jamás he sido. Antes que nada, me son sugeridas estas palabras: vida espiritual… Al salir, era un niño, listo para el bautismo… No me oculto lo que una conversión de esta clase, por su carácter improvisado, puede tener de chocante, e incluso de inadmisible, para los espíritus contemporáneos que prefieren los encaminamientos intelectuales a los flechazos místicos y que aprecian cada vez menos las intervenciones de lo divino en la vida cotidiana. Sin embargo, por deseoso que esté de alinearme con el espíritu de mi tiempo, no puedo sugerir los hitos de una elaboración lenta donde ha habido una brusca transformación… caí en una especie de emboscada: no cuento cómo he llegado al catolicismo, sino como no iba a él y me lo encontré“(del libro Dios existe. Yo me lo encontré de André Frossard).

Manuel García Morente (1886-1942) escribió una carta a su director espiritual, Monseñor José María García Lahiguera, sobre el hecho extraordinario de su conversión. Sus estudios de filosofía lo habían alejado de Dios; estaba en París, donde había llegado huyendo de la Guerra Civil, cuando en la noche del 29 al 30 de abril de 1937 escuchó una obra de Berlioz, La infancia de Jesús: “Cuando terminó (la música) cerré la radio para no perturbar el estado de deliciosa paz en que esa música me había sumergido. Y por mi mente empezaron a desfilar imágenes de la niñez de Nuestro Señor Jesucristo. Seguí representándome otros períodos de la vida del Señor… Y, poco a poco, se fue agrandando en mi alma la visión de Cristo, de Cristo hombre, clavado en la cruz… No me cabe duda de que esta especie de visión (interior) no fue sino producto de la fantasía excitada por la dulce y penetrante música de Berlioz. Pero tuvo un efecto fulminante en mi alma… ¡A rezar, a rezar! Y, puesto de rodillas, empecé a balbucir el Padrenuestro, pero ¡se me había olvidado! Permanecí de rodillas un gran rato, ofreciéndome mentalmente a Nuestro Señor Jesucristo con las palabras que se me ocurrían buenamente Una inmensa paz se había adueñado de mi alma. Es verdaderamente extraordinario e incomprensible cómo una transformación tan profunda pueda verificarse en tan poco tiempo…  Abrí de par en par la ventana. Una bocanada de aire fresco me azotó el rostro. Volví la cara hacia el interior de la habitación y me quedé petrificado. Allí estaba Él. Yo no lo veía, yo no lo oía, yo no lo tocaba. Pero Él estaba allí... Y lo percibía; percibía su presencia con la misma claridad con que percibo el papel en que estoy escribiendo y las letras que estoy trazando... No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil y como hipnotizado ante su presencia. Sí sé que no me atrevía a moverme y que hubiera deseado que todo aquello -Él allí- durara eternamente, porque su presencia me inundaba de tal y tan íntimo gozo que nada es comparable al deleite sobrehumano que yo sentía… ¿Cómo terminó la estancia de Él allí? Tampoco lo sé. Terminó. En un instante desapareció. Una milésima de segundo antes estaba Él aún allí y yo lo percibía y me sentía inundado de ese gozo sobrehumano que he dicho. Una milésima de segundo después, ya Él no estaba allí, ya no había nadie en la habitación… Debió durar su presencia un poco más de una hora”.

De esta sencilla manera cuenta Narciso Yepes su conversión en una entrevista: “Mi vida de cristiano tuvo un largo paréntesis de vacío, que duró un cuarto de siglo. Me bautizaron al nacer, y ya no recibí ni una sola noción que ilustrase y alimentase mi fe… Desde 1927 hasta 1951, yo no practicaba, ni creía, ni me preocupaba lo más mínimo que hubiera o no una vida espiritual y una trascendencia y un más allá. Dios no contaba en mi existencia. Luego pude saber que yo siempre había contado para Él. Fue una conversión súbita, repentina, inesperada y muy sencilla. Yo estaba en París, acodado en un puente del Sena, viendo fluir el agua. Era por la mañana, exactamente, el 18 de mayo. De pronto, lo escuché dentro de mí… Quizás me había llamado ya en otras ocasiones, pero yo no le había oído. Aquel día yo tenía «la puerta abierta»… Y Dios pudo entrar. No sólo se hizo oír, sino que entró de lleno y para siempre en mi vida… Fue una pregunta, en apariencia, muy simple: «¿Qué estás haciendo?» En ese instante, todo cambió para mí. Sentí la necesidad de plantearme por qué vivía, para quién vivía… Mi respuesta fue inmediata. Entré en la iglesia más próxima, Saint Julian le Pauvre. Y hablé con un sacerdote durante tres horas… Es curioso, porque mi desconocimiento era tal que ni me di cuenta de que era una iglesia ortodoxa. A partir de ese día busqué instrucción religiosa, católica. No olvidé que yo estaba bautizado. Tenía la fe dormida y… revivió. Y ya desde aquel momento nunca he dejado de saber que soy criatura de Dios, hijo de Dios… Un hombre con una cita de eternidad que se va tejiendo y recorriendo ya aquí en compañía de Dios. Así como hasta entonces Dios no contaba para nada en mi vida, desde aquel instante no hay nada en mi vida, ni lo más trivial, ni lo más serio, en lo que yo no cuente con Dios. Y eso en lo que es alegre y en lo que es doloroso, en el éxito, en el trabajo, en la vida familiar, en una pena honda como la de que te llame la Guardia Civil a media noche para decirte que tu hijo ha muerto… Sentí y sigo sintiendo todo el dolor que usted pueda imaginarse…, y más. Pero sé que la vida de mi hijo Juan de la Cruz estaba amorosamente en las manos de Dios… Y ahora lo está aún con más plenitud y felicidad”.

Os adjunto los vídeos en los que María Vallejo-Nágera y María Martínez Gómez cuentan sus respectivas conversiones tumbativas.

Mi fe de toda la vida me parece gris al lado de la reciente de ellos. No tengo ese ayuno de fe que ellos han sufrido y que les ayuda a comprender mejor la bendición de poseer esta gracia. Es algo así como lo que le ocurrió al hermano del hijo pródigo de la famosa parábola (Lc 15, 11-32), que no se da cuenta del valor de vivir siempre en la casa del Padre. De cualquier modo, la realidad es que la fe es un gozo pero no es un punto de llegada sino una invitación a caminar confiados por la senda de Cristo; es un “continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar” (Benedicto XVI).

Empezaba comentando la conversión de Santo Tomás ante la presencia de Cristo. Tras creer Tomás en su resurrección, Él le dijo: “¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto“. Realmente produce asombro esta acción de Dios extraordinaria de la conversión tumbativa, una bendición de Dios maravillosa. Sin embargo, Jesús nos recuerda a los que no hemos tenido esta vivencia, que somos dichosos por creer sin ver porque también disfrutamos de su presencia real en nuestras vidas. La experiencia de Dios se manifiesta en nuestros actos cotidianos que, iluminados por la fe, nos transforman para seguirlo y, cómo Paul Claudel, nos permiten afirmar: “¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama! ¡Me llama!”.

Juan Pablo Navarro Rivas
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Santa Clara de Asís – Una gran mujer a contracorriente

Clara de Asís (1194-1253) es una de las más grandes santas de la Iglesia católica y una de las mujeres más importantes de la Edad Media. De familia noble, abandonó las riquezas para seguir el modo de vida radical que predicaba Francisco de Asís. Fundadora de las Clarisas, siempre defendió el “privilegio de la pobreza” para ser libre y vivir enamorada de Cristo.

Su vida fue hacer lo contrario de lo que nos dicta el mundo y la razón. Para vivir libre eligió encerrarse en un convento, para estar siempre enamorada eligió la castidad, para ser rica eligió la pobreza.

Para el cristiano, vivir libre es seguir a Cristo. En la clausura, Clara de Asís vivió intimamente ligada a Él: el silencio, la contemplación y la oración concentró su atención en las cosas de Dios. La cercanía y el continuo trato de las otras hermanas la ayudaron a descubrir el amor de Cristo y a vivir enamorada de Él. Y unida a Él, fue realmente libre.

Ciertamente vivió enamorada de Cristo. Solo hay que leerse sus escritos para convencerse de ello, especialmente sus cartas con otra gran mujer: Inés de Praga: “Hubierais podido disfrutar más que nadie de los honores de este siglo y lo habéis desdeñado todo uniéndoos con el Esposo del más alto linaje, el señor Jesucristo. Su poder es más fuerte, su generosidad es más alta, su aspecto más hermoso, su amor más suave, su porte más elegante. Y ya os abraza estrechamente. Tú, oh reina, esposa de Jesucristo, mira este espejo donde resplandece la pobreza, la humildad y la caridad. Contempla sus delicias y suspirando de amor, proclama: ¡Atráeme! (Versión entresacada de las Cartas I y IV de Santa Clara a Santa Inés de Praga)*. Realmente, sorprende como esa “química” del enamoramiento que nos cambia el rostro, nuestros sentidos y sentimientos no es algo temporal en numerosas monjas; enamoradas de Cristo, Él les regala que, lo que para el resto de los mortales es solo un estado temporal, para ellas sea su estado natural. Así fue en Clara, profundamente enamorada de Cristo y siempre correspondida.

Y fue pobre. Santa Clara siempre se alegró de ser una plantita del bienaventurado Padre Francisco. Por eso, siempre quiso, como él, seguir el Evangelio desde la pobreza. Este deseo radical se plasmó en el Privilegio de la Pobreza que, en 1216, les otorgó Inocencio III. El papa lo firmó riéndose de buena gana. Muchos acudían a él para pedirle posesiones; sin embargo, Clara le reclamó lo contrario: que ser pobre fuera su privilegio. Así, el nombre de su comunidad sería el de Orden de las Hermanas Pobres y su forma de vida consistiría en guardar el Evangelio viviendo en obediencia, sin nada propio y en castidad.

Por eso no es extraño que «El viernes anterior a su muerte, Clara le dijo a sor Amada: “¿Ves al rey de la gloria que yo contemplo?”. Ese mismo día, sor Bienvenida -como ella decía, con los ojos de su cara y bien despierta- contempló como la misma Virgen María besó a Clara. El 11 de agosto, Clara falleció. Peregrinos de todas partes, incluido el Papa, vinieron a despedirse. Todos proclamaban su santidad. Ella, en su testamento, solo les pidió a sus hermanas que se amasen: “Ese amor manifestadlo hacia afuera con actos”»*. Así lo siguen haciendo sus hermanas clarisas, desde entonces hasta hoy.

*Extraído de “Santa Clara, la dama pobre”
Juan Pablo Navarro Rivas
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La vida de los santos y sus tres tesoros

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Los santos son los mejores referentes que podemos regalar a nuestros hijos, a nuestros amigos, a los creyentes y también a quienes no lo son.

Los santos poseen, al menos, tres tesoros:

  1. Tienen concedido un crédito ilimitado porque viven confiados en Dios y el “bolsillo” de Dios nunca se agota.
  2. Nunca están solos, se alimentan de la oración y de los sacramentos. Dios los acompaña en sus corazones.
  3. Y tienen un verdadero superpoder, como los superhéroes, que los capacita para ver a Cristo en los demás.

Sí, realmente, se creen la famosa parábola en la que si Dios alimenta a los pajarillos y viste a los lirios del campo, cuánto hará por nosotros. Se lo creen, y las cosas le resultan, esta parábola se hace realidad en sus vidas.

Hay una pequeña historia de San Ignacio que me encanta. Va camino de Venecia con la intención de embarcarse para peregrinar a Jerusalén. Vive del dinero que le dan de limosna y lo que tiene poco le dura, pues se lo entrega a los necesitados que se encuentran por el camino. Para él, el dinero es un estorbo y lo entrega aunque eso le impida ahorrar para pagar el pasaje. Por el camino, se le unen otros caminantes pero hay peste en Italia y para entrar en Venecia se necesita ir a Padua a pedir un salvoconducto. Estos le abandonarán porque Ignacio, con la salud quebrada, va más lento que ellos. Él, solo, confiado en Cristo, siguió el camino. No tengo que deciros que llegó el primero a Venecia, ya que al único que dejaron los soldados pasar las puertas de Padua y Venecia sin resistencia fue él ¡ah! y, por supuesto, viajó a Jerusalén sin pagar el pasaje.

Si consiguen esta confianza es porque se alimentan de la Palabra, de la Oración y de los Sacramentos.

Hay un libro que me fascinó desde la primera vez que los leí: “El Peregrino Ruso”. Es uno de los libros más populares de la espiritualidad ortodoxa. En él, un starets, un peregrino viaja de santuario en santuario para comprender cómo se podía orar sin cesar tal como pedía San Pablo (Tesalonicenses 5:17). Un maestro le enseñará la oración de Jesús, la Oración del Corazón, en la que se recita acompasando con la respiración la breve oración “Señor Jesús, ten Misericordia de mí”, en todo momento. Sea de esta u otra manera, de lo que hablamos es de la amistad, de la conversación, del trato con un amigo. Los cristianos creemos en un Dios que es persona, con el que podemos trabar amistad. Los padres sabemos que por mucho que hagamos por educar a nuestros hijos, son los amigos los que lo acaban moldeándolo. Por eso buscar esta Gran Amistad, este Gran Amigo, se me hace necesario.

Por último, los santos ven en los demás a Cristo.

Recuerdo un sacerdote jesuita, el padre Boigues. Él trabajó en America en cárceles con asesinos, con los peores delincuentes. Como comprenderéis, no era lo mejor de cada casa los que habitaban este lugar. Sin embargo, él decía que cuando escarbabas, encontrabas el diamante que habitaba su corazón. Estoy seguro de que nadie vuela como un superhéroe, ni escala edificios con tela de araña ni salva al mundo con sus superpoderes que le hace ganar en pelea a los supermalos. Lo que sí existe es esa visión que nos hace ver en el próximo, en el enemigo, en, como diría Miguel Mañara, nuestros señores los pobres, al Cristo que nos ama.

Los santos nos animan a los creyentes y a los no creyentes, a nosotros mismos, cuando llegan los días de plomo y la vida pesa. Porque confiando, caminamos; conversando, aunque sintamos que estamos solos, nos conocemos y aprendemos a pedir, a agradecer y a bendecir; porque contemplando al otro, podemos amar. Perseverando con la esperanza de alcanzar la Verdad que libera que descubrieron los santos.

Sí, los santos son los mejores referentes que podemos regalar a nuestros hijos, a nuestros amigos, a los creyentes y también a quienes no lo son.

Juan Pablo Navarro Rivas
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La carga pesada de los fariseos

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«Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera». (Mateo 11, 28-30)

Esta es una de mis frases favoritas de los Evangelios: “mi yugo es suave, mi carga ligera”. Con Cristo, el peso de la vida se conlleva. Cuando tomamos su yugo, el azote del sufrimiento, el acoso de mal y la espera de la muerte son una carga que se aligera. Esa debe ser la prueba de su compañía.

Como dice San Pablo: «Llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros.  Atribulados en todo, mas no aplastados; perplejos, mas no desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados. Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» ( II corintios 4, 7-10).

Por el contrario, nuestro mayor temor debe ser caer en el fariseísmo. «Toda la biografía de Jesús de Nazaret como hombre se puede resumir en esta fórmula: Fue el Mesías y luchó contra los Fariseos» (Castellani).

Encontramos la frase contraria a la que primero comentamos:  «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas». (Mateo 23, 2-4)

Como dice el refrán: Librame de los buenos, Señor, que de los malos, me libro yo.

Curiosa paradoja, cada vez que nos creamos los más respetables, los que más sabemos, los más buenos, los que todo nos lo merecemos, nos convertimos en la gran carga para los demás y para nosotros, alejandonos del yugo salvador de Cristo. Podrá parecer que ofrecemos nuestra vida entera a Dios pero será como los sacrificios de Caín, a los que Dios no miraba con agrado.

Cristo nos ofrece otro camino: «El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Mateo 23, 11-12). La sencilla humildad, ese recipiente de barro del que hablaba San Pablo, donde llevamos el tesoro de Cristo para que Él actúe y no nosotros, pues una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros.

Y siendo esto así, temamos que, a los que decimos adorar a Dios, ¡insensatos y ciegos!, nos atrae el fariseísmo. ¡Dios nos libre!

Juan Pablo Navarro Rivas
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El no juzgar y no ser juzgado y el no ser ciego que no ve sino amante que abre paso a la Misericordia

el hijo prodigo rembrandtEl papa Francisco ha proclamado un Jubileo Extraordinario, el Año Santo de la Misericordia desde el 8 de diciembre de 2015, solemnidad de la Inmaculada Concepción, hasta el 20 de noviembre de 2016, domingo de Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo.

Acertar el camino de la Misericordia no es siempre fácil. Sabemos lo que Cristo dijo: “Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados.” (Lucas 6:37). Debemos ser fieles a ello. Como afirma Chesterton en uno de sus relatos del padre Brown, El Martillo de Dios, el cristiano no es “duro, imperioso, implacable”. Nuestra mirada no debe ser sentencia que humille al pecador ni abandono del que sufre el mal.  Ese no juzgar no puede dar como fruto la soledad del que reclama reparación ni tampoco rechazar al prójimo que actúa mal sin ofrecerle la mano para que su ceguera se transforme en luz. 

Entiendo, ¿cómo no?, que la solución a este dilema debe estar en el amor. El mejor de los ejemplos que se me ocurre para explicarlo es el de los padres: la actitud del cristiano se parece a la de un padre o una madre con su hijo. Cuando entiende que ha hecho daño, asume la reparación como propia mientras que a su hijo lo sigue amando plenamente y no le juzga: no lo cree un malvado, siempre le da “el beneficio de la duda” y acepta lo que afirma. Todos sus actos van encaminados a que se juzgue a sí mismo, a que descubra la verdad y rectifique; a que alcance la máxima justicia, el perdón, y, así, se conozca mejor y se acepte.

Por eso, el final del camino es alcanzar la máxima Justicia, llegar a la meta de la Misericordia: la alegre paz de perdonar porque, en definitiva, el escándalo del cristianismo se llama perdón.

Un primer nivel es renunciar a la venganza. Es como tapar la herida moral que el ofensor te hizo. El odio, el rencor, la rabia empiezan a dejar de sangrar porque tu corazón va sanando. Este perdón solo depende de cada uno.

Pero el perdón cristiano no se basa en el olvido sino en un recuerdo transformado. Hay un perdón más intenso, el que transforma el recuerdo y cambia el pasado: “Claro está que el pecador ha de arrepentirse. Pero ¿por qué? Sencillamente porque de otro modo no podría comprender lo que ha hecho… Es el medio por el que uno altera su pasado. Los griegos lo tuvieron por imposible…” (Óscar Wilde – de Profundis). Es lo que narra la parábola del Hijo Pródigo: el pecador descubre la verdad de su alma -que vive como los cerdos-, e inicia el largo y humilde camino de buscar el perdón. En el lado de la víctima, hay una paciente espera, oteando el horizonte, que culmina en el abrazo entre ambos. Con éste, no es que la situación retorne a la situación anterior al agravio, es que lo ha transformado desde la raíz. La parábola nos dice que esa espera oteando el horizonte nos iguala al actuar de Dios, tal como afirma el padrenuestro con el “perdona nuestras ofensas como también perdonamos a los que nos ofenden”. Este perdón no solo sana te sublima. Si esa petición de perdón no llega, debemos mantener la esperanza cierta de que algún día será; aquí o en la Eternidad, cuando Dios nos regale su Justicia, su Misericordia.

Así que, querido amigo, concluyo: sé calido como el sol y no frío como la nieve y darás paso a la Misericordia donde ofensor y ofendido se encontrarán en el Amor.

Juan Pablo Navarro Rivas
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El silencio no es distancia

b6eb9-silencioTodos hemos tenido la experiencia de, tras una conversación, venirnos tardíamente a la cabeza ese argumento feliz que retrataba de manera más perfecta nuestro pensamiento o daba mejor réplica a nuestro contertulio. Así ocurre cuando hablamos irreflexivamente, sin escuchar, sin meditar. En el turno del otro, prestamos poco atención a sus argumentos, distraídos en los de nuestra réplica, y al final todo es ruido y nada. Por el contrario, podemos llegar a la conclusión de que de la escucha paciente, atenta y meditada nacería un fructífero diálogo y no una vana discusión.

Considerando esto, deduzco que, de alguna manera, esta última forma de diálogo es a la que nos invita Dios. Una oración paciente a la respuesta, una llamada callada a nuestra reflexión, un alegre descubrimiento de su voz en el silencio. Y, al final, descubrir que ese silencio no era distancia, que la Verdad siempre estuvo al alcance de nuestro corazón.

“¡Tarde te amé,

hermosura tan antigua y tan nueva,

tarde te amé!

Y ves que tú estabas dentro de mí y yo fuera,

Y por fuera te buscaba;

Y deforme como era,

Me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste.

Tú estabas conmigo mas yo no lo estaba contigo.

Me retenían lejos de ti aquellas cosas

Que, si no estuviesen en ti, no serían.

Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera:

Brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera;

Exhalaste tu perfume y respiré,

Y suspiro por ti;

Gusté de ti, y siento hambre y sed;

Me tocaste y me abrasé en tu paz.”  (San Agustín)

Juan Pablo Navarro Rivas

 

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Preguntas sin repuestas y Resurrección

Las incertidumbres que nos acompañan durante nuestras vidas acucian al meditar sobre la Pasión del Señor. La incomprensión ante el silencio de Dios, la injusticia, el dolor, la soledad y la muerte se convierten en hechos reales en los padecimientos de Jesús en su oración del Huerto de los Olivos, en su condena, en sus insufribles padecimientos, en su completo abandono, en su muerte.
De la misma manera que Pilatos, preguntamos:”¿Qué es la Verdad?” Y respondemos que la Verdad es Cristo y que Él respondió al silencio del Padre con la confiada aceptación de su Voluntad; a su condena con perdón; al dolor con Amor; a la soledad con su entrega absoluta a los demás; a la muerte con Esperanza.
Y por ello, hoy, que celebramos la Pascua de Resurrección, sabemos que las preguntas sin respuestas se convierten en afirmaciones rotundas cada vez que descubrimos la Verdad en el Resucitado, en la convicción profunda de que Jesús de Nazaret vive y nos ha redimido de todas nuestras incertidumbres.

Juan Pablo Navarro Rivas

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