Santa Mónica, madre de San Agustín: "Os ruego que os acordéis de mí ante el altar del Señor doquiera que os hallareis"

Enterrad este cuerpo en cualquier parte, ni os preocupe más su cuidado; solamente os ruego que os acordéis de mí ante el altar del Señor doquiera que os hallareis». Y habiéndonos explicado esta determinación con las palabras que pudo, calló, y agravándose la enfermedad, entró en la agonía…Así, pues, a los nueve días de su enfermedad, a los cincuenta y seis años de su edad y treinta y tres de la mía, fue libertada del cuerpo aquella alma religiosa y pía.

Así cuenta San Agustín (354 – 430), en sus famosas Confesiones, la muerte de su madre, Santa Mónica (332387), y su último ruego: que os acordéis de mí ante el altar del Señor doquiera que os hallareis

El mismo San Agustín lo comenta: Os ruego por una madre tan cristiana, que estando ya próximo el día de su muerte, no pensó siquiera en que su cuerpo se enterrase… sino únicamente que nos acordásemos de ella en el sacrificio del altar, al cual todos los días asistía y cooperaba indispensablemente. Sabía que en Él se ofrecía y sacrificaba aquella Víctima Santa, con cuya sangre se borró la cédula del decreto que había contra nosotros y quedó vencido nuestro mortal enemigo, que es el que se ocupa en hacer el cómputo de nuestros pecados… Pues a este Sacramento, que contiene el precio de nuestra redención, es al que mi madre y sierva vuestra tenía atada estrechamente su alma con el lazo de la fe. 

La petición de Santa Mónica está inspirada en la de Cristo en la ültima Cena: Haced esto en memoria mia. Reconoce en la Eucaristía, en el Cuerpo de Cristo, el lugar donde vive la memoria, el lugar del encuentro, el lugar de la vida.

Decía el paleontólogo (descubridor junto con Henri Breuil del Homo erectus pekinensis) y teólogo jesuita Teilhard de Chardin en “El medio divino”: No hay más que una misa y comunión. Estos actos diversos no son, sino puntos, diversamente centrales, en los que se divide y se fija para nuestra experiencia en el tiempo y en el espacio, la continuidad de un gesto único. En el fondo, sólo hay un acontecimiento que se desarrolla en el mundo: la Encarnación, realizada en cada uno por la Eucaristía. Todas las comuniones de una vida constituyen una sola comunión. Las comuniones de todos los hombres presentes, pasados y futuros constituyen una sola comunión…

Así, el ruego de Santa Mónica, el comentario de San Agustín y el pensamiento de Chardin alimentan mi fe en la Eucaristía y, delante del altar, me animan a buscar a mi padres, a todos e incluso a mí mismo, en lo que fui y seré, en la esperanza de encontrarnos en Cristo, nuestro Señor.

Juan Pablo Navarro

 

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