El no juzgar y no ser juzgado y el no ser ciego que no ve sino amante que abre paso a la Misericordia

el hijo prodigo rembrandtEl papa Francisco ha proclamado un Jubileo Extraordinario, el Año Santo de la Misericordia desde el 8 de diciembre de 2015, solemnidad de la Inmaculada Concepción, hasta el 20 de noviembre de 2016, domingo de Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo.

Acertar el camino de la Misericordia no es siempre fácil. Sabemos lo que Cristo dijo: “Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados.” (Lucas 6:37). Debemos ser fieles a ello. Como afirma Chesterton en uno de sus relatos del padre Brown, El Martillo de Dios, el cristiano no es “duro, imperioso, implacable”. Nuestra mirada no debe ser sentencia que humille al pecador ni abandono del que sufre el mal.  Ese no juzgar no puede dar como fruto la soledad del que reclama reparación ni tampoco rechazar al prójimo que actúa mal sin ofrecerle la mano para que su ceguera se transforme en luz. 

Entiendo, ¿cómo no?, que la solución a este dilema debe estar en el amor. El mejor de los ejemplos que se me ocurre para explicarlo es el de los padres: la actitud del cristiano se parece a la de un padre o una madre con su hijo. Cuando entiende que ha hecho daño, asume la reparación como propia mientras que a su hijo lo sigue amando plenamente y no le juzga: no lo cree un malvado, siempre le da “el beneficio de la duda” y acepta lo que afirma. Todos sus actos van encaminados a que se juzgue a sí mismo, a que descubra la verdad y rectifique; a que alcance la máxima justicia, el perdón, y, así, se conozca mejor y se acepte.

Por eso, el final del camino es alcanzar la máxima Justicia, llegar a la meta de la Misericordia: la alegre paz de perdonar porque, en definitiva, el escándalo del cristianismo se llama perdón.

Un primer nivel es renunciar a la venganza. Es como tapar la herida moral que el ofensor te hizo. El odio, el rencor, la rabia empiezan a dejar de sangrar porque tu corazón va sanando. Este perdón solo depende de cada uno.

Pero el perdón cristiano no se basa en el olvido sino en un recuerdo transformado. Hay un perdón más intenso, el que transforma el recuerdo y cambia el pasado: “Claro está que el pecador ha de arrepentirse. Pero ¿por qué? Sencillamente porque de otro modo no podría comprender lo que ha hecho… Es el medio por el que uno altera su pasado. Los griegos lo tuvieron por imposible…” (Óscar Wilde – de Profundis). Es lo que narra la parábola del Hijo Pródigo: el pecador descubre la verdad de su alma -que vive como los cerdos-, e inicia el largo y humilde camino de buscar el perdón. En el lado de la víctima, hay una paciente espera, oteando el horizonte, que culmina en el abrazo entre ambos. Con éste, no es que la situación retorne a la situación anterior al agravio, es que lo ha transformado desde la raíz. La parábola nos dice que esa espera oteando el horizonte nos iguala al actuar de Dios, tal como afirma el padrenuestro con el “perdona nuestras ofensas como también perdonamos a los que nos ofenden”. Este perdón no solo sana te sublima. Si esa petición de perdón no llega, debemos mantener la esperanza cierta de que algún día será; aquí o en la Eternidad, cuando Dios nos regale su Justicia, su Misericordia.

Así que, querido amigo, concluyo: sé calido como el sol y no frío como la nieve y darás paso a la Misericordia donde ofensor y ofendido se encontrarán en el Amor.

Juan Pablo Navarro Rivas
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