La carga pesada de los fariseos

fariseos rubens

«Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera». (Mateo 11, 28-30)

Esta es una de mis frases favoritas de los Evangelios: “mi yugo es suave, mi carga ligera”. Con Cristo, el peso de la vida se conlleva. Cuando tomamos su yugo, el azote del sufrimiento, el acoso de mal y la espera de la muerte son una carga que se aligera. Esa debe ser la prueba de su compañía.

Como dice San Pablo: «Llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros.  Atribulados en todo, mas no aplastados; perplejos, mas no desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados. Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» ( II corintios 4, 7-10).

Por el contrario, nuestro mayor temor debe ser caer en el fariseísmo. «Toda la biografía de Jesús de Nazaret como hombre se puede resumir en esta fórmula: Fue el Mesías y luchó contra los Fariseos» (Castellani).

Encontramos la frase contraria a la que primero comentamos:  «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas». (Mateo 23, 2-4)

Como dice el refrán: Librame de los buenos, Señor, que de los malos, me libro yo.

Curiosa paradoja, cada vez que nos creamos los más respetables, los que más sabemos, los más buenos, los que todo nos lo merecemos, nos convertimos en la gran carga para los demás y para nosotros, alejandonos del yugo salvador de Cristo. Podrá parecer que ofrecemos nuestra vida entera a Dios pero será como los sacrificios de Caín, a los que Dios no miraba con agrado.

Cristo nos ofrece otro camino: «El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Mateo 23, 11-12). La sencilla humildad, ese recipiente de barro del que hablaba San Pablo, donde llevamos el tesoro de Cristo para que Él actúe y no nosotros, pues una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros.

Y siendo esto así, temamos que, a los que decimos adorar a Dios, ¡insensatos y ciegos!, nos atrae el fariseísmo. ¡Dios nos libre!

Juan Pablo Navarro Rivas
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